Misc - Albert Camus 1957


            1957, como sus antecesores, estaba siendo un año duro para Albert Camus. A pesar del triunfo que todavía irradiaba La Caída; del éxito de su adaptación teatral de “Réquiem para una monja” de William Faulkner; y de la aplaudida publicación de El Reino y el Exilio, su vida personal era un claroscuro al que ya conocía con estrecha confianza. Sus pulmones no se mostraban sanos; el vinculo con su esposa Francine era nulo; los romances con actrices eran apasionados; éxtasis puro, pero inconstantes. Además seguía siendo blanco común de los círculos intelectuales parisinos liderados por Jean Paul Sartre y Simone De Beauvoir. Como si esto fuera poco, también recibía ataques de la prensa francesa y argelina por su compleja posición política en los graves conflictos de ese país, su tierra natal; allí donde todavía vivían muchos de sus amigos; allí donde vivía su amada madre, tan lejana y ajena al mundo en el que Camus era uno de los principales protagonistas.
Fuera de Francia y Argelia, el mundo se rendía ante el talento del escritor. Desde Nueva York le llega una importante propuesta para presentar su Calígula en Broadway. Él la rechaza, tiene su mente en demasiados lugares. Su esposa, sus gemelos Catherine y Jean, sus proyectos de teatro, la Argelia que hierve buscando independencia. 
Camus, el exitoso, el prestigioso; el escritor de pulmones rotos que liquida cigarrillo tras cigarrillo. Camus, solo Camus.  En solitario arremete contra todos con su pluma mediante correspondencia personal, sus propios artículos en la prensa, o ante periodistas que buscan su opinión. No está con nadie, solo con su amada Argelia y la certeza angustiante que su anciana madre sigue allí.
En esta vacilante marea Camus pasa sus días, que a pesar de todo, sabe que las cosas han sido peores en años pasados. Tiene la certeza que los tiempos de cualquier hombre consisten en el equilibrio entre el dolor al que historia lo somete y la simpleza de lo humano.
En octubre recibe una noticia: la Academia sueca le entregará el Premio Nobel de literatura. “Debió haber sido para Malraux dice apesadumbrado al enterarse.
Con solo 44 años se convierte casi en el escritor más joven en recibir un Nobel; solo lo “supera” Rudyard Kipling, galardonado a los 42.
La buena nueva alcanza Mondovi, Orán y Argel. El escritor nativo de esas tierras ardientes ha sido elegido y será premiado en Suecia. Para algunos Albert Camus es el periodista y dramaturgo nacido en Argelia, criado humildemente en Mondovi para luego educarse en Argel y Orán. Otros lo conocen como el arquero Racing Club.
Sus compañeros de colegio y de universidad distribuidos por la diversidad del mapamundi le envían telegramas de felicitación; palabras escuetas mas afectuosas y hasta solemnes.
No solo sus afectos en la colonia francesa están orgullosos de la distinción; en Paris, donde se representa “Réquiem para una monja”, la Directora del teatro encarga nuevos carteles para el frente de la sala en los que se aclara que la obra es el producto de dos Premios Nobel: William Faulkner, distinguido en 1949 y ahora Camus, responsable de la adaptación. Días después el mismo Faulkner telegrafía al nuevo Nobel, “Saludamos al alma que constantemente se busca y se interroga”.

A pesar del cariño de su círculo intimo y del recibido desde lejanías olvidadas, Camus no se siente merecedor de semejante distinción. Todavía tiene mucho por decir. Además no quiere importunar. ¿A quien? A si mismo; sabe con seguridad que la prensa y los círculos políticos e intelectuales volverán a ponerlo bajo la lupa. En un almuerzo junto a su maestro Jean Grenier, el nuevo Nobel se confiesa, “voy a tener más enemigos que nunca”.
Planea rechazar la distinción. Luego en aceptarla pero no viajar a Suecia y solo enviar por correo un discurso de aceptación. Gaston Gallimard, su editor, considera inadmisible ese proceder y eventualmente logra convencer al escritor de viajar a Estocolmo. 
El ánimo de Camus contrasta con la felicidad y orgullo de todos en Gallimard. Es un hombre apreciado por todos los empleados de la editorial;  en sus años allí, oscilando entre penurias económicas, mala salud y vaivenes profesionales, el ahora distinguido escritor, ha sido siempre amable y educado ganándose el cariño de sus colegas o colaboradores. Editores, secretarias y empleados están contentos por él, sin embargo Camus sigue firme y en toda oportunidad que se le presenta lo deja en claro: era el momento de Malraux. 
Unas semanas más tarde Camus recibe un telegrama “Querido Camus: Acabo de leer su declaración. Nos honra a los dos y yo se lo agradezco. Amistosamente. Andre Malraux.”

 

André Malraux y Camus años antes del Nobel.

Malraux capturado por el reputado fotógrafo Yousuf Karsh.

Albert le pide a Francine, su esposa tan distante, que lo acompañe a Estocolmo. Ella acepta emocionada. A pesar de vivir separados; y de los incontables amoríos de él que la han dejado quebrada emocionalmente, Francine sigue amándolo.
Mientras tanto la prensa francesa ubica a Camus en un parnaso que parece borrar toda crítica pasada. Camus es “artista puro”; un “director de consciencia pública”. Parecen haber olvidado que es el mismo autor al que vapulearon cuando publicó El Hombre Rebelde.
Pero Camus no lo olvida, sabe bien quien es.  Es el autor de El Extranjero; es el Jean Baptiste Clamence de La Caída, pero principalmente es el hombre rebelde que clama por un individualismo solidario y que desde hace años transita un camino personal incompresible incluso para muchos de los que ahora lo erigen indiscutible.
Camus no sabe sentirse de otra forma que sea la de ser Camus: el éxito es un bálsamo, pero fugaz, y el malestar del artista sigue siendo incurable; muere sin saberlo.

Antes de viajar a Suecia Albert y Francine deben ocuparse de los gemelos. Se deciden a dejarlos en casa de una amiga de la familia. Luego se enfocan en el vestuario para el viaje y la noche de premiación. A pesar de ser un dandy, Camus no viste de manera lujosa. Su estilo de vida es apasionado, si, pero no cuando se trata de cuestiones de grandes gastos o placeres burgueses. Para la ceremonia alquila un frac; el resto de su estadía en Estocolmo lo encontrara con sus trajes habituales y su clásico sobretodo Burbery. Francine recurre a sus amigas, quienes le prestan un collar antiguo y una estola de visón blanco.
El viaje se realizará en tren ya que los médicos le han prohibido a Camus hasta el menor de los paseos en avión.  La comitiva que parte hacia el país escandinavo está integrada por Michel y Janine Gallimard, Claude Gallimard junto a su esposa Simone y Blanche Knoph, su editora norteamericana.

  
Rumbo a Estocolmo vía tren por recomendación medica. Albert y Francine recién llegados a Suecia son recibidos por Anders Osterling, secretario de la Academia Sueca de Literatura.

Camus y sus compañeros de viaje llegan a Estocolmo el 9 de diciembre. Inmediatamente “queda a cargo” de diplomáticos franceses y suecos francófilos. Camus brinda conferencias de prensa y luego se encuentra protagonista o excusa principal de una recepción donde conoce a poetas, actores y ensayistas locales. El no conoce el idioma escandinavo y ellos no manejan el francés, por lo que se encuentran en algún punto en el medio.
La entrega de premios se realiza el martes 10 de diciembre. Un rato antes de las tres de la tarde una multitud ansiosa bloquea el exterior del Castillo Real.
A pesar del frío intenso esperan poder ingresar a la antigua sala de conciertos donde se realiza tradicionalmente la premiación. Todo está listo para la celebración que por unos días convierte a Estocolmo en la capital cultural del mundo.
En la “Casa de conciertos”, los laureados reciben el premio de la propia mano del Rey Gustav VI. Hay galardones para el campo de la física, la química y medicina. La literatura, estrella principal, queda para el final. Este año el distinguido es Albert Camus “debido a su importante producción literaria, cuya clarividente seriedad ilumina los problemas de la conciencia humana en nuestro tiempo".
Una vez entregados los premios la selecta concurrencia se dirige hacia el banquete principal. Finalizado este, es hora del cierre tradicional de las ceremonias que se lleva a cabo en el ayuntamiento de Estocolmo. Es el momento de Camus, quien luciendo frac y una mirada divertida -y hasta incrédula-, se dispone a pronunciar su discurso: Sire, Madame, Altezas reales, señores y señoras…
           
Discurso del 10 de Diciembre de 1957
            “Al recibir la distinción con que ha querido honrarme vuestra libre Academia, mi gratitud era tanto más profunda porque bien medía hasta qué punto semejante recompensa mis meritos personales. Todo hombre y, con mayor razón, todo artista, desea que se le reconozca. Yo también lo deseo; pero no me fue posible enterarme de vuestra decisión sin comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre casi joven, rico tan sólo en dudas y con una obra aún no acabada, acostumbrado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, no iba a enterarse con una suerte de terror de una decisión que, de un golpe, lo colocaba, solo y reducido a sí mismo, en medio de una luz cruda? Por otra parte, ¿con que qué espíritu podía recibir ese honor en un momento en que, en Europa, otros escritores, entre los más grandes, están reducidos al silencio, y en el momento mismo en que su tierra natal experimenta una desdicha sin tregua?
            Conozco ese desorden y esa turbación interior. Para recuperar la paz tuve que acomodarme a una suerte demasiado generosa. Y, puesto que no podía igualarme a ella apoyándome exclusivamente en mis méritos, para ayudarme no encontré otra cosa sino lo que me sostuve, en las circunstancias más contrarias, a lo largo de toda mi vida: la concepción que tengo de mi arte y del papel del escritor. Permitidme tan sólo que, animado por un sentimiento de gratitud y amistad, os diga del modo más sencillo posible, cuál es esa concepción.
            Personalmente no puedo vivir sin mi arte. Pero nunca lo he colocado por encima de todo. Por el contrario, si me es necesario, lo es porque no se aparta de nadie y me permite vivir, tal como soy, al nivel de todo el mundo.  A mis ojos el arte no es un goce solitario. Es un medio de conmover al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de los sufrimientos y de las alegrías comunes. El arte obliga, pues, al artista a no aislarse; lo somete a la verdad más humilde y más universal. De manera que quien, a menudo, eligió su destino de artista porque se sentía diferente, bien pronto se da cuenta que no nutrirá su arte y su diferencia, sino confesando su semejanza con todos, El artista y su diferencia, sino confesando su semejanza con todos, El artista se forja en ese ir y volver perpetuo de él a los otros, y de la comunidad, de la que no puede apartarse. Por eso los verdaderos artistas no desprecian nada; se obligan a comprender en lugar de juzgar. Y, si toman un partido en el mundo, éste no puede ser sino el de una sociedad en la que, según las grandes palabras de Nietzsche, ya no reinará el juez sino el creador, ya sea trabajador, ya sea intelectual.
            El papel del escritor, por eso mismo, no se aparta de los deberes difíciles. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de los que hacen la historia: el escritor está al servicio de los que la padecen. De otro modo quedaría solo y privado de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no lo arrancarán de la soledad aun, y sobre todo, si él consciente en marchar al mismo paso que ellos. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones en el otro extremo del mundo, basta para hacer salir al escritor de su exilio, por lo menos cada vez que logra, en medio de los privilegios de la libertad, no olvidarse de ese silencio y hacerlo resonar por los medios del arte.
            Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero, en todas las circunstancias de la vida, oscuro o transitoriamente célebre, aherrojado por la tiranía o libre por un momento de expresarse, el escritor puede reencontrar el sentimiento de una comunidad viva que lo justifique, con la sola condición de que acepte, lo más que pueda, las dos cargas que hacen la grandeza de su profesión: servir a la verdad y servir a la libertad. Puesto que su vocación es reunir el mayor número posible de hombres, ella no puede acomodarse a la mentira y la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestra profesión tendrá siempre sus raíces en dos compromisos difíciles de mantener: negarse a mentira sobre lo que uno sabe y resistirse a la opresión.
            Durante más de veinte años de una historia de locura y delirio, desvalido y extraviado, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones de la época, me vi, pues, sostenido por sentimiento oscuro de que escribir era hoy un honor, porque ese acto obligaba y obliga no sólo a escribir. Me obligaba, principalmente, a sobrellevar, tal como ya era y según mis fuerzas, con todos los que vivían la misma historia, la desdicha y la esperanza que compartíamos. Esos hombres nacidos a comienzos de la Primera Guerra Mundial, que llegaron a los veinte años en el momento en que se asentaban a la vez el poder hitlerista y los primeros procesos revolucionarios, para completar su educación en la guerra de España, en la Segunda Guerra Mundial, en el universo que se concentraba, en la Europa de la tortura y de las prisiones, tienen hoy que educar a sus hijos y realizar sus obras en un mundo amenazado por la destrucción nuclear. Supongo que nadie puede pedirles que sean optimistas. Es más aún, creo que debemos comprender, sin dejar de luchar contra ellos, el error de los que por una puja de desesperación reivindicaron el derecho de al deshonor y se lanzaron a los nihilismos de la época. Pero lo cierto es que la mayor parte de nosotros, en mi país y en Europa, han rechazado ese nihilismo y se han puesto a buscar una legitimidad. Tuvieron que forjarse un arte de vivir en tiempos de catástrofe, para nacer por segunda vez y luchar en seguida, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que obra en nuestra historia. Evidentemente cada generación se cree dedicada a rehacer el mundo. Sin embargo, la mía no lo rehará. Pero acaso su misión sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas que llegan a un grado de locura, los dioses muertos y las ideologías extenuadas, en la que poderes mediocres pueden hoy destruirlo todo, aunque ya no saben convencer, en la que la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en servidora del odio y de la opresión, esta generación tuvo, en sí misma y alrededor de ella, que restaurar, partiendo únicamente de sus negaciones, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Frente a una mundo amenazado por la desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores están a punto de establecer para siempre los reinos de la muerte, nuestra generación sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo trabajo y cultura, y reconstruir con todos los hombres un arco de alianza. No es seguro que alguna vez pueda llevar a cabo esta inmensa tarea; pero sí es seguro que, en todas las partes del mundo, se mantiene ya en su doble empeño de verdad y de libertad, y que llegado el momento sabe morir sin odio por ese compromiso. Esta generación merece que se la salude y se la estimule donde se la encuentra y, sobre todo, donde ella se sacrifica. En todo caso, a ella quisiera yo, seguro de vuestro profundo acuerdo, remitir el honor que acabáis de hacerme.
            Al propio tiempo, después de haber proclamado la nobleza del oficio de escribir, habría remitido al escritor a su verdadero lugar, pues éste no tiene otros títulos que los que comparte con sus compañeros de lucha, vulnerable, pero obstinado, injusto y apasionado por la justicia, que construye su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos, siempre dividido entre el dolor y la belleza, y dedicado, en fin, a extraer de su ser doble, las creaciones que él procura tenazmente edificar en medio del movimiento destructor de la historia. ¿Quién, después de esto, podría esperar de él soluciones acabadas y hermosas teorías morales? La libertad es peligrosa, difícil de vivir, así como es enardecedora. Debemos marchar hacia esas metas, penosa pero resueltamente, seguros de antemano de los desfallecimientos que habrán de sobrecogernos en tan largo camino. ¿Qué escritor se atrevería entonces, de buena fe, a convertirse en predicador de la virtud? En lo que a mí se refiere, tengo que decir una vez más que no soy nada de eso. Nunca pude renunciar a la luz, a la felicidad de ser, a la vida libre en la que crecí. Pero aunque esta nostalgia explica muchos de mis errores y de mis faltas, ella me ayudó sin duda alguna a comprender mejor mi oficio y me ayuda aún a mantenerme, ciegamente, junto a todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que se les ofrece, sino por el recuerdo o el retorno de breves y libres momentos de dicha. Reducido, pues, a lo que realmente soy, a mis límites, a mis deudas, así como a mi fe difícil, me siento más libre de mostraros, para terminar, la extensión y la generosidad del honor que acabáis de acordarme, también más libre de deciros que quisiera recibirlo como un homenaje tributado a todos aquellos que, participando del mismo combate, no recibieron ningún privilegio, sino que, por el contrario, conocieron la desdicha y la persecución. No me quedará, pues, sino agradecéroslo con todo mi corazón y haceros públicamente, en testimonio personal de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que todo artista verdadero se hace cada día a sí mismo, en silencio. “

 

Ante la Familia Real segundos después de haber sido distinguido. Junto a la Reina Louise en el tradicional banquete previo a la clausura de la premiación.

El Rey disfruta cada palabra, asintiendo modestamente su cabeza al sonido de los párrafos de Camus. Junto a toda su familia, es testigo privilegiado de la mirada amorosa de Francine para con el escritor. Fascinada, feliz, Francine, compañera eterna, sonríe desde la primera fila al lado de la Familia Real. Nunca podrá aplacar el amor que siente por este hombre que ahora y en todo momento reafirma su compromiso con el arte y la solidaridad. En Suecia son marido y mujer; “Los Camus”, una simpleza ajena a ambos en cualquier otra parte.
Camus la ama, como compañera, como esposa, como madre de sus gemelos; pero su amor es un aquelarre de sentimientos tales como lealtad, cariño y lógica.  “Francine estuvo en las buenas y en las malas. Es natural que me acompañe en este momento” escribe Camus en una carta para una sobrina.
Tras 17 años de matrimonio, el argelino solo esboza estas palabras sobre su esposa, la madre de sus hijos, la mujer de la que alguna vez se enamoró por su inteligencia y sensibilidad. Ahora es mera lealtad lo que siente por ella. Una lealtad genuina pero que abriga también huellas de culpa. Albert sabe que en estas dos décadas juntos Francine ha ido drenándose por dentro.
Desde sus primeros días en común, ambos creen saber la naturaleza infranqueable de su relación: ella lo sabe un Don Juan con pocas esperanzas de cambiar, pero es presa de él como muchas de las mujeres, solo que ella valiéndose de belleza, sensibilidad y afilada inteligencia, parece hechizar verdaderamente a Camus; quien se muestra tímido e inseguro de lanzarse por completo a su amor. Él está encantado de esta jovencita tan brillante que parece acoger todo lo que siempre anheló en una mujer. Temeroso y tal vez todavía doliente de su frustrado matrimonio con Simone Hie busca aclarar sus ideas y sus sentimientos. No quiere cometer otro error; no necesita otro desengaño como el de su primera esposa, con la que legalmente sigue casado. Además, necesita asegurarse de la perdurabilidad de sus emociones por Francine, ¿esta pasión es una prematura gran historia de amor o solo otro capricho que pronto palidecerá? Francine no se fustiga con tantos interrogantes y eventualmente, su ser genuino alcanzará a Camus y acallara todas posibles dudas.
Desde el principio él deja en claro que el matrimonio es una empresa poco natural para cualquier hombre o mujer. Mediante la sinceridad, su sinceridad, Camus cree convencerse libre de culpas, pero cuando dos décadas han pasado, en vano son sus palabras escritas u orales, por dentro está al corriente de su enorme deuda con ella. De la misma forma en que nunca dejará de amarla como compañera leal, tampoco dejará sus romances casuales o de protagonizar pasiones arrebatadoras con mujeres como Catherine Sellers o Maria Casares.

 

La española Maria Casares y la francesa Catherine Sellers –aquí bajo la mirada de Camus durante los ensayos de Réquiem para una monja.

El ejercicio concreto de exorcizar demonios, aceptando errores y egoísmos, y pidiendo perdón a Francine y muchas otras mujeres heridas, es la celebrada Caída.  Entre las calderas que Jean Baptiste Clamence libera en su monologo holandés hay un intento de explicar la naturaleza del hombre prisionero de su fogosidad incontrolable. Para el mundo La Caída ejemplifica escrupulosamente al hombre que vaga por la Europa todavía sangrante por la Segunda Guerra, pero para ella, su familia, y el círculo intimo del matrimonio, constituye un mea culpa; una confirmación del pleno conocimiento de los años de sufrimiento de Francine.
Camus sabe que Francine es un alma corroída por la vida egoísta que él ha llevado. La joven que en otros tiempos fue suficiente para colmarlo por completo, es, desde hace años, una sombra rota, carente de estabilidad emocional y que intentara terminar con su vida. En La Caída, la joven que se arroja al Sena desde el Pont Royal es Francine. Pero a Jean Baptiste no la socorre, la deja a su suerte: Casi inmediatamente oí un grito que se repitió mu­chas veces y que fue bajando por el río hasta que se extinguió brus­camente. El silencio que sobrevino en la noche, de pronto coagula­da, me pareció interminable. Quise correr y no me moví. Creo que temblaba de frío y de pavor. Me decía que era menester hacer algo en seguida y al propio tiempo sentía que una debilidad irresistible me invadía el cuerpo. He olvidado lo que pensé en aquel momen­to. "Demasiado tarde, demasiado lejos...", o algo parecido. Camus no volverá nunca a Francine con la vehemencia del enamorado, seguirá siendo el artista adonde rige la sensualidad, pero una y otra vez intentará reconfortarla a su manera: le entrega el manuscrito definitivo de La Caída a ella antes que a cualquier otra persona. “Me debías este librole dice Francine cuando termina de leerlo. El autor solo asiente mirándola a los ojos. Con este y otros gestos más pequeños –la invitación a Suecia, ante la prensa o cualquier persona ajena a su confianza se refiere solo a ella como su mujer- Camus expía sus errores y busca enmendar los daños causados en el pasado. Se siente y se sabe culpable, pero nunca renegará de su naturaleza voluptuosa: No nos hallamos siempre frente a las mismas preguntas, aunque sepamos de antemano las respuestas? …pronuncie usted mis­mo las palabras que, desde hace años, no han dejado de resonar en mis noches, y que por fin oiré por su boca: "Oh, muchacha, vuel­ve a lanzarte otra vez al agua, para que yo tenga una segunda oportunidad de salvarnos los dos".

  

Albert y Francine en sus primeras épocas: jóvenes y enamorados.

                        LMC

FUENTES:

  • “La Caída”, Albert Camus.
  • “Albert Camus, una vida”, Olivier Todd.
  • “El revés y el derecho “, Albert Camus.
  • “El mito de Sísifo”, Albert Camus.
  • Le Monde
  • Nobel Prize